Cuando la alimentación local vuelve a convertirse en una necesidad
- 16/07/2026
- 14:16
Tiempo de lectura : 5 min
Responsable Marekting Contenidos
Fue necesario el cierre de las fronteras y el confinamiento de miles de millones de personas para que la palabra «local», devaluada tras décadas de globalización, recuperara protagonismo tanto en nuestra vida cotidiana como en el discurso político y económico. Fue necesario un acontecimiento sin precedentes —ni más ni menos que la paralización de la producción mundial— para que dejaran de parecer extrañas o anticuadas expresiones como relocalización de la producción o producción local, defendidas ahora en nombre de una soberanía que es necesario recuperar.
Sommaire
La recuperación de lo local no está garantizada, ya que existen numerosas fuerzas que actúan en sentido contrario. Sin embargo, hay al menos dos ámbitos en los que la lección ha sido lo suficientemente dura como para que el llamado «mundo de después», que aspira a ser más resiliente, no la ignore.
El primero es el de los productos sanitarios y farmacéuticos. Las economías desarrolladas, confiadas en sus acuerdos comerciales y en la solidez de sus cadenas logísticas, nunca imaginaron que pudieran llegar a escasear productos esenciales. Después de cuarenta años trasladando la producción a países como China e India, la escasez de mascarillas y el riesgo de interrupción del suministro de principios activos para medicamentos básicos han demostrado la fragilidad del sistema. Esta experiencia probablemente impulsará a los Estados a reconstruir reservas estratégicas e incluso a relocalizar parte de su producción. Mientras tanto, en Francia surgieron iniciativas a nivel local —municipios, barrios e incluso edificios— para fabricar mascarillas de manera artesanal y responder a la urgencia de la situación.
El segundo ámbito es el de la alimentación, aún más importante porque la crisis despertó un miedo ancestral: el de quedarse sin comida. Además, concentró la demanda en los productos de primera necesidad y volvió a plantear una cuestión que los países desarrollados prácticamente habían olvidado: la de la autonomía alimentaria. La pandemia puso de manifiesto que todavía estamos lejos de alcanzarla. Sin embargo, como los hábitos de consumo ya estaban evolucionando antes de la crisis sanitaria, es precisamente en el ámbito de la producción y del consumo de alimentos donde el concepto de «local» puede ganar terreno y acelerar el cambio de modelo que exige la lucha contra el cambio climático.
Ante los estantes vacíos…
La crisis sanitaria, al alterar el transporte y las cadenas internacionales de suministro, nos mostró una imagen que parecía impensable: estanterías vacías en los supermercados franceses. Durante unos días apareció el fantasma de la escasez, una situación prácticamente desconocida para gran parte de la población francesa, que no había vivido los efectos de una guerra en su propio territorio.
Aunque esta situación fue temporal, resultó lo suficientemente impactante como para que, el 13 de marzo de 2020, el presidente de la República Francesa declarara que «delegar nuestra alimentación a otros es una locura». Estas palabras, que contrastaban con las políticas aplicadas durante las últimas cuatro décadas, sorprendieron a algunos analistas, pero no a los consumidores.
En realidad, muchos de ellos llevaban años intentando escapar de esa dependencia.
Marcados por escándalos alimentarios como el de las vacas locas o el de las lasañas elaboradas con carne de caballo, informados por numerosos reportajes sobre los efectos de la alimentación ultraprocesada y cada vez más sensibilizados con el medio ambiente y el bienestar animal, los consumidores comenzaron hace casi dos décadas a recuperar el control sobre su alimentación.
La prueba de ello es que, aunque lentamente, cada vez más personas se alejan de la gran distribución y de la alimentación industrial para comprar, siempre que su poder adquisitivo se lo permite, en comercios de proximidad, mercados tradicionales, tiendas de productores, cooperativas agrícolas (AMAP) y otros sistemas de venta directa o de circuitos cortos de comercialización.
Los costes ocultos de la abundancia alimentaria a bajo precio
Sin embargo, es evidente que la percepción de la alimentación ha evolucionado mucho más rápido que los hábitos de consumo. Aunque cada vez más personas desean consumir productos locales y de calidad, la mayoría de las compras alimentarias en Francia siguen realizándose en hipermercados y supermercados. En 2017, estos establecimientos representaban el 83 % de las compras de alimentos, de las cuales un 10 % correspondía a cadenas de descuento (Fuente: FranceAgriMer, 2018).
Las expectativas de los consumidores también han cambiado más deprisa y, sobre todo, en una dirección opuesta a la del sistema agroalimentario globalizado. Aunque este modelo es hoy objeto de numerosas críticas, permitió, a partir de la década de 1960, garantizar a los países occidentales un acceso permanente a alimentos abundantes y a precios reducidos.
Sin embargo, este sistema tiene un coste oculto. Se basa en una agricultura intensiva, muy dependiente de fertilizantes y otros insumos, desconectada de las necesidades de los territorios y orientada hacia mercados internacionales de materias primas. A ello se suma una potente industria agroalimentaria mundial que obtiene importantes economías de escala gracias a la producción masiva.
Los resultados económicos fueron evidentes. En Francia, por ejemplo, la parte del presupuesto familiar destinada a la alimentación pasó del 21 % en 1968 al 13 % en 2014 (INSEE, citado por Le Monde). Esta disminución permitió durante años aumentar el consumo en otros sectores de la economía.
No obstante, un modelo basado casi exclusivamente en la reducción de los precios también ha tenido importantes consecuencias negativas, tanto para el medio ambiente como para nuestra alimentación diaria. Entre ellas destacan:
- un fuerte aumento del consumo de alimentos ultraprocesados, que actualmente representan cerca del 80 % de los alimentos consumidos;
- una duplicación del consumo de carne en los últimos cincuenta años. Aunque este consumo disminuyó un 12 % en la última década (Credoc, 2018), pasó de aproximadamente 30 kg por persona al año en 1970 a 60 kg en 2018, considerando todos los productos cárnicos, frescos y transformados. Además, la carne sigue representando alrededor del 25 % del gasto alimentario de los hogares franceses (FranceAgriMer, 2018);
- una presencia cada vez mayor de productos importados. En el caso de las frutas y verduras consumidas en Francia, el 43 % procede del extranjero (2018). Esta situación afecta incluso a productos que podrían cultivarse localmente, como demuestran los tomates procedentes de los Países Bajos o de España que se venden en los mercados franceses en pleno verano.
Durante décadas se creyó haber conseguido liberar la alimentación de las limitaciones impuestas por los territorios, las estaciones del año, las condiciones climáticas o las malas cosechas. Si bien este modelo garantizó una oferta abundante, también generó una huella ecológica considerable y una dependencia creciente de unas cadenas logísticas cuya interrupción podría tener consecuencias muy graves. Se estima, por ejemplo, que una ciudad como París dispone de apenas tres días de autonomía alimentaria en caso de interrupción del suministro.
Reconectar la oferta y la demanda de alimentos locales: un desafío para los territorios
En 2017, el gabinete de estudios Utopies publicó un estudio muy interesante que evaluaba en apenas un 2 % el nivel medio de autonomía alimentaria de las 100 principales áreas urbanas francesas.
Esto significa que el 98 % de los productos alimentarios consumidos por los hogares (ya sean productos frescos, elaborados, transformados o preparados) no proceden de su propio territorio. Sin embargo, la razón no se debe a una falta de capacidad de producción local. De hecho, el estudio señala que, al mismo tiempo, el 97 % de la producción agrícola local de estas 100 principales áreas urbanas termina formando parte de productos alimentarios consumidos fuera del territorio.
Esta situación demuestra hasta qué punto existe una desconexión entre la producción agrícola local y el consumo de los habitantes de un mismo territorio. También evidencia la magnitud del reto al que se enfrentan las regiones para modificar los numerosos factores que han generado estos desequilibrios durante décadas.
Actualmente, un número cada vez mayor de territorios, tanto rurales como urbanos, muestran su voluntad de aumentar su autonomía alimentaria. Sin embargo, los territorios más avanzados en esta transición son conscientes de que el camino es largo, complejo y requiere importantes transformaciones.
Como muestra la guía publicada por la asociación Les Greniers d’abondance, transformar un sistema alimentario territorial para hacerlo más resiliente implica actuar sobre numerosos ámbitos:
- adaptar las políticas de gestión y uso del suelo para favorecer una producción agrícola más cercana;
- acompañar a los productores en sus procesos de instalación, transición o reconversión profesional;
- favorecer la creación de unidades locales de transformación alimentaria;
- desarrollar estructuras territoriales de almacenamiento y distribución mediante circuitos cortos;
- aumentar la presencia de productos locales en la restauración colectiva, como comedores escolares, residencias de mayores (EHPAD), hospitales o restaurantes de empresa.
Todas estas acciones deben llevarse a cabo de manera coordinada, reduciendo y optimizando los flujos de transporte entre los diferentes puntos de producción, distribución y consumo del territorio.
La reconstrucción de sistemas alimentarios locales no consiste únicamente en producir más cerca de los consumidores, sino en reorganizar todo el ecosistema alimentario para hacerlo más sostenible y resistente frente a futuras crisis. Esto requiere una mejor conexión entre agricultores, distribuidores, consumidores y entidades públicas.
Por ello, la dimensión territorial adquiere una importancia fundamental. Comprender cómo circulan actualmente los productos, identificar los puntos débiles de las cadenas de suministro y planificar nuevas infraestructuras son elementos esenciales para construir modelos alimentarios más autónomos y adaptados a las necesidades locales.
¡Es ahora o nunca para acelerar!
Ante la crisis mundial provocada por este virus, en un momento en el que las poblaciones urbanas más vulnerables se encuentran en situación de inseguridad alimentaria, el acceso a alimentos locales ya no es solo algo deseable, sino una necesidad, tanto para las comunidades como para las personas. Si bien todo el mundo ha acogido con satisfacción que productores, artesanos, empresas agroalimentarias, comercios de proximidad, supermercados y transportistas se hayan movilizado sobre el terreno para encontrar soluciones, es necesario intensificar los esfuerzos para acercar de forma sostenible la oferta y la demanda locales, así como fomentar la investigación en este ámbito.
La (re)construcción de sistemas alimentarios locales, que rearticule las capacidades productivas y las necesidades de cada territorio, exige a todas las partes implicadas volver a conectar con la geografía para trabajar con ella, y no contra ella. Desde la comprensión de los flujos existentes hasta el estudio de la implantación de nuevas infraestructuras, pasando por la recuperación de los suelos y la optimización de los circuitos de distribución, tener en cuenta la dimensión geográfica es un factor clave para la pertinencia de las decisiones y el éxito de los proyectos territoriales.
Con este objetivo, Nomadia colabora con el proyecto de investigación PICORA (Prácticas inclusivas de consumo alimentario regional) del Instituto de Investigación en Gestión de la Universidad Paris-Est Créteil Val de Marne (UPEC). El objetivo de este proyecto es realizar un diagnóstico de los sistemas de oferta alimentaria local y compararlos con los hábitos de consumo de los habitantes, con el fin de identificar los factores clave que permitan convertir la alimentación local en una práctica inclusiva en el ámbito urbano. Para su análisis de las prácticas y el estudio de su implantación en el territorio, el equipo de investigación se basará, en particular, en nuestras soluciones TourSolver y Territory Manager. No dejaremos de comunicarles, a su debido tiempo, los resultados de esta iniciativa.